La ética en los negocios dejó de ser un eslogan decorativo. Hoy, 71% de los inversionistas globales apoya la incorporación de criterios ESG (cuestiones ambientales, sociales y de gobernanza) en sus decisiones, de acuerdo con PricewaterhouseCoopers.
La integridad directiva ya no es una virtud moral: se trata de una condición económica para sostener valor, reputación y acceso a capital.
En ese contexto, las maestrías en alta dirección ganan relevancia como espacios de reflexión estratégica. Ahí se forman directivos que entienden la ética como activo económico, capaces de alinear rentabilidad, bien común y sostenibilidad organizacional a largo plazo.
Ética en los negocios
El ESG sigue siendo un concepto muy debatido entre inversores y responsables de políticas públicas. Dado que ESG no es un término legalmente definido y abarca una amplia gama de cuestiones, podría decirse que lo que debería considerarse ESG está sujeto a interpretación.
A su vez, el concepto de materialidad es clave en los requisitos de divulgación del ESG, en especial en los estados financieros. Se refiere a información relevante para un inversor razonable. En el ESG, persiste el debate sobre qué factores son materiales y, por tanto, qué deben divulgar las empresas.
En cualquier caso, el papel del director corporativo dejó de limitarse a maximizar utilidades. Hoy, la academia coincide en que también diseña valor social. Sus decisiones influyen en empleo, prácticas laborales y relaciones comunitarias, convirtiendo la estrategia empresarial en un factor económico con impacto colectivo.
Desde la sala de juntas, cada decisión corporativa genera externalidades. Inversiones, recortes, expansión o relocalización afectan comunidades completas. Por ello, el liderazgo directivo se evalúa no sólo por resultados financieros, sino por su capacidad de anticipar costos sociales y gestionarlos responsablemente.
A manera de ejemplo, bajo la dirección de Satya Nadella, Microsoft integró objetivos climáticos y sociales en su estrategia. La decisión de ser carbono negativa para 2030 muestra cómo el director alinea la rentabilidad, un enfoque ético y la relevancia económica.
Sustentabilidad
De igual modo, el componente ético adquiere peso económico. Estudios universitarios destacan que una dirección alineada con principios éticos reduce riesgos reputacionales, legales y financieros. Así, la ética deja de ser discurso y se integra como variable estratégica de creación de valor sostenible.
Un caso es Unilever. Bajo la dirección de Paul Polman, la empresa integró criterios éticos y de sostenibilidad en su estrategia. Esa decisión redujo riesgos regulatorios, fortaleció la marca y atrajo inversionistas de largo plazo.
En el frente ambiental, el director general define prioridades clave. Políticas sobre energía, emisiones y uso de recursos determinan impactos de largo plazo. La evidencia muestra que estas decisiones influyen en competitividad, acceso a capital y legitimidad social.
Un botón de muestra es Grupo Bimbo. Bajo la dirección de Daniel Servitje, la empresa priorizó energías renovables y reducción de emisiones. Estas decisiones fortalecieron competitividad, acceso a financiamiento sostenible y legitimidad social, al alinear estrategia ambiental con desempeño económico de largo plazo.
En síntesis, la creación de valor ya no se mide sólo en retornos financieros. Hoy, al director general se le exige algo más complejo: considerar impactos sociales y ambientales, porque ignorarlos ya no es audacia, sino una forma de miopía estratégica.
En la práctica, esto convierte al director general en un equilibrista moderno. Debe generar rentabilidad mientras cuida reputación, comunidad y entorno. No es filantropía disfrazada: se trata de supervivencia corporativa, acceso a capital y licencia social para operar sin sobresaltos.